Antonio García tenía 64 años, pero aparentaba al menos 10 más. La vida en la calle había cabado surcos profundos en su rostro, había encanecido su pelo y encorbado sus hombros. Pero sus ojos, aquellos ojos marrones que su esposa Carmen había amado desde el primer instante en que los vio, conservaban todavía una luz especial. Una luz que hablaba de dignidad, de amor inquebrantable, de una fortaleza interior que ninguna desgracia había conseguido apagar. Aquella mañana, Antonio se había despertado antes del amanecer en el refugio improvisado bajo el puente de Vallecas, donde vivía con Carmen.
La había mirado dormir, su cuerpo frágil envuelto en una manta que habían encontrado en un contenedor meses atrás. Incluso dormida, incluso con el pelo revuelto y el rostro marcado por el cansancio, para él seguía siendo la mujer más hermosa del mundo. Era el 24 de noviembre, su aniversario de boda. 37 años antes, en aquel día, se habían casado en la pequeña iglesia de su pueblo en Extremadura. Ella llevaba un vestido blanco cosido por su madre, él un traje prestado por su hermano mayor.
Leave a Comment