Un hombre con la ropa rasgada y la barba descuidada entró en una pastelería de lujo en Madrid. Se acercó al mostrador con los ojos bajos y preguntó al dueño si tendría alguna tarta a punto de caducar, porque era el aniversario de boda con su esposa y quería hacerle un regalo. El pastelero se rió en la cara del hombre y le dijo que se marchara antes de que llamara a la policía. Pero lo que nadie sabía era que sentado en una mesa del rincón estaba Carlos Mendoza, uno de los hombres más ricos de España, propietario de
una cadena de hoteles de lujo, y lo que vio en ese momento cambió para siempre la vida de todos los presentes. Madrid despertaba bajo un cielo gris de noviembre. Las calles del centro ya estaban abarrotadas de personas trajeadas que corrían hacia sus oficinas, móviles pegados a la oreja, café en mano. Nadie miraba hacia abajo, nadie notaba las figuras acurrucadas en los rincones de los portales envueltas en mantas gastadas.
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