Pagué el viaje familiar… pero se fueron sin mí. Cancelé todo — y abordé sola, en primera clase…

Pagué el viaje familiar… pero se fueron sin mí. Cancelé todo — y abordé sola, en primera clase…

Vendí mi lavadora semiautomática y volví a lavar a mano como cuando era joven. Vendí hasta mi licuadora y durante meses tomé café instantáneo porque no podía moler los granos, todo para que Diego tuviera una boda digna, según sus palabras. En esa boda tampoco me tomaron en cuenta para nada importante. Fernanda y su mamá escogieron todo, las flores, la música, el menú, hasta el color de mi vestido. Señora Carmen, creemos que el rosa pálido le va a quedar mejor que el azul marino que usted quería.

Me dijeron, como si fuera una niña a la que hay que vestir para la función escolar. Pero lo que más me dolió no fueron las bodas ni los estudios pagados, fue cuando murió Aurelio, cáncer de pulmón, 4 meses desde el diagnóstico hasta que se fue, adelgazando como una vela que se consume lentamente. Yo no trabajé durante ese tiempo. Me quedé en casa cuidándolo, bañándolo, dándole sus medicinas cada 4 horas, viendo como mi compañero de vida se desvanecía entre mis brazos.

Roberto vino al funeral. Llegó en su camioneta nueva con Leticia y las niñas vestidas de negro elegante, como si fueran a una obra de teatro. Se quedó dos días, el día del sepelio y el día siguiente. Al tercer día me dijo, “Ma, ya tengo que regresar a Guadalajara. Tengo compromisos de trabajo. ¿Vas a estar bien?” “Sí, mi hijo. Ve tranquilo.” Le mentí. Porque una madre no puede ser una carga adicional cuando sus hijos tienen compromisos importantes. Diego ni siquiera vino.

Mandó una corona de flores con una tarjeta que decía para el abuelo Aurelio con cariño. Familia Vázquez Hernández. Como si Aurelio hubiera sido el abuelo de alguien y no el padre que lo crió, que le enseñó a andar en bicicleta, que se desvelaba esperándolo cuando llegaba tarde de las fiestas. Fernanda me llamó por teléfono. Señora Carmen, Diego no pudo ir porque tiene un proyecto muy importante en la oficina, pero queremos que sepa que estamos con usted en pensamiento y oración.

Pensamiento y oración. Eso fue lo que recibí cuando enterré al amor de mi vida. Los meses siguientes fueron los más duros de mi existencia. La casa se sentía como un mausoleo silencioso donde cada objeto me recordaba a Aurelio. Su taza de café en el desayunador, su silla vacía frente al televisor, su almohada que aún conservaba su aroma a loción de afeitar y medicinas. Llamaba a Roberto cada tercer día. Siempre contestaba a Leticia. Roberto está en una junta, señora Carmen.

¿Gusta que le diga algo? Solo que marqué para saber cómo están. Ah, okay. Yo le digo que llamó. Roberto nunca me regresaba las llamadas. A Diego lo llamaba los domingos después de misa. Fernanda siempre tenía una excusa preparada. Está bañándose, señora. ¿Qué necesita? Como si necesitara algo fuera lo único por lo que una madre podía llamar a sus hijos. La soledad me estaba comiendo viva. Había días en que no hablaba con nadie, excepto con doña Lupita, la del puesto de gorditas.

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