Pagué el viaje familiar… pero se fueron sin mí. Cancelé todo — y abordé sola, en primera clase…

Pagué el viaje familiar… pero se fueron sin mí. Cancelé todo — y abordé sola, en primera clase…

Recordé cuando Roberto tenía 17 años y reprobó el examen de admisión a la Universidad Nacional. Lloró como un niño pequeño en mi regazo, mojando mi delantal de cocina con sus lágrimas de frustración. Ma, nunca voy a ser nadie. Soy un fracasado. Yo trabajaba doble turno en esa época, clases matutinas en la escuela y por las tardes daba asesorías privadas para juntar el dinero de su colegiatura en una universidad particular. Vendí mi único anillo de compromiso, ese que Aurelio me había comprado con su primer sueldo de albañil, para pagar la inscripción de Roberto en el Tecnológico de Monterrey.

Mi hijo, yo trabajo para que tú estudies. Tú estudias para que tengas la vida que yo no pude tener.” Le decía mientras le preparaba quesadillas de flor de calabaza a las 5 de la mañana antes de que se fuera a sus clases. 3 años después, cuando Roberto consiguió su primer trabajo como ingeniero en Guadalajara, me llamó llorando otra vez, pero esta vez no era de tristeza, sino de alegría. Ma, me dieron el puesto. Voy a ganar 25,000 pesos al mes.

Te voy a reponer todo lo que gastaste en mí. Nunca me repuso nada, ni un peso. Cuando se casó con Leticia, una muchacha de familia acomodada que estudiaba arquitectura, yo pagué la mitad de la boda, 18,000 pesos que saqué de mi fondo para el retiro. Porque una madre solo se casa una vez, ma, y queremos que sea perfecta. Leticia nunca me dijo gracias. Ni siquiera me incluyó en las fotos principales. En el álbum de bodas aparezco en dos imágenes.

Una donde estoy sirviendo agua fresca a los invitados y otra donde sostengo el bolso de la novia mientras ella se retoca el maquillaje. Diego fue peor. A los 23 años llegó a mi casa con Fernanda, embarazada de 3 meses, pidiéndome dinero para salir del problema. Yo me quedé helada, sentada en mi sala de muebles desteñidos, viendo a mi hijo menor pedirme dinero para matar a mi primer nieto. No, Diego, no voy a darte dinero para eso. Le dije con una firmeza que no sabía que tenía.

Se enojó tanto que no me habló durante 6 meses, hasta que Fernanda perdió el bebé de manera natural y regresó a pedirme perdón, no por haber querido abortar, sino por haberme hecho pasar un mal rato con su decisión. Años después, cuando quisieron casarse, otra vez vinieron por dinero. Es que la familia de Fernanda va a pagar la luna de miel en Cancún, pero nosotros tenemos que poner la boda, ma. Y tú sabes que no tenemos ahorros. Vendí mi televisión nueva, esa pantalla plana que me había comprado con mi aguinaldo después de ver novelas en un aparato de tubos durante 15 años.

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