Cenábamos juntos. Ella elogiaba mi comida, aunque notaba que apenas probaba bocado. Siempre tenía alguna dieta de moda, siempre tenía una excusa, pero había cosas que no encajaban. Una tarde, Mateo mencionó casualmente que Valeria vivía en un departamento en Puerta de Hierro, una de las zonas más exclusivas de Guadalajara. Renta 45,000 pesos mensuales. ¿Y de qué vive exactamente? Le pregunté esa noche cuando ella se fue. De sus redes sociales. Mamá tiene patrocinios, colaboraciones con marcas. Marcas de qué?
ropa, cosméticos, restaurantes. No sé exactamente. Esa vaguedad me molestó, así que hice lo que cualquier madre haría. Investigué. Su perfil de Instagram era impecable. Fotos profesionales, pies de foto en inglés y español, etiquetas de hoteles cinco estrellas y boutiques carísimas. Pero cuando revisé con cuidado, algo no cuadraba. Los comentarios eran genéricos. Los me gusta parecían reales, pero las interacciones genuinas eran escasas. Y sobre todo, ninguna de esas marcas que supuestamente la patrocinaban la mencionaba en sus propias cuentas.
Le pregunté a mi sobrina Daniela, que trabaja en marketing digital. “Tía”, me dijo después de revisar el perfil, “esto huele a seguidores comprados. Mira los patrones de crecimiento y estas fotos en hoteles. Apuesto a que son de visitas de un día o pruebas gratuitas. Esto no genera el dinero que ella pretende. Esa noche no pude dormir. Al día siguiente invité a Valeria a comer. Solo nosotras dos. “Cuéntame de tu familia”, le dije mientras compartíamos unos tacos al pastor en un lugar cerca de la ferretería.
Su rostro se tensó por una fracción de segundo antes de recuperar la sonrisa. Mi mamá vive en Monterrey. Es viuda como usted. Mi papá murió hace 6 años. ¿Y a qué se dedica ella? Es está jubilada. Tiene su pensión. Hermanos, no soy hija única. ¿Y estudiaste qué? Otra pausa casi imperceptible. Comunicación en la UDEM. Todo sonaba correcto, pero había algo en la forma en que respondía, como si estuviera recitando un guion aprendido. Valeria, le dije con la mayor calidez que pude fingir.
Sé que Mateo está muy ilusionado contigo y yo solo quiero que sea feliz. Ella asintió con esos ojos que no sonreían, aunque su boca sí lo hiciera. “Pero también quiero que sepas algo.” Me incliné ligeramente hacia delante. “Mi hijo es todo lo que tengo y he trabajado toda mi vida para darle un futuro. Así que necesito estar segura de que quien esté a su lado lo quiere por quien es, no por lo que tiene. ” Su expresión cambió.
Solo por un instante, un destello de algo frío y calculador cruzó su mirada. Luego soltó una risa suave, casi triste. Doña Elisa, entiendo su preocupación, de verdad, pero le prometo que yo amo a Mateo. No me interesa su dinero. Mentirosa. Lo supe en ese momento, pero no tenía pruebas, solo intuición. Esa noche hablé con Mateo. Mi hijo, creo que deberían ir más despacio. Apenas la conoces. Su reacción me tomó por sorpresa. ¿Por qué siempre haces esto, mamá?
Su voz sonó cansada, frustrada. Nunca estás conforme con nadie. Ninguna novia mía ha sido suficiente para ti. Eso no es cierto. Sí lo es. Laura no era suficientemente educada. Patricia era demasiado callada. Y ahora Valeria, ¿qué? Es demasiado bonita, demasiado exitosa. No es eso. Es que algo no me da buena espina. Algo, repitió con amargura, algo que no puedes explicar. Solo una sensación. Las madres intuimos. No, mamá. Las madres sobreprotegen. Tengo 33 años. Ya no soy un niño.
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