Pagué el viaje de toda la familia, pero se fueron al aeropuerto sin avisarme. Cancelé todo y abordé sola en primera clase. Después de 67 años cuidando a otros, jamás pensé que mis propios hijos me abandonarían en el momento más importante.
Me llamo Carmen Elena Vázquez, tengo 67 años y vivo en una casita de adobe en el barrio de Shochimilco en Ciudad de México. Durante 43 años fui maestra de primaria en la escuela Benito Juárez, donde enseñé a leer a más de 2000 niños. Mis manos ásperas aún conservan las manchas permanentes de Gis y marcador rojo, como tatuajes que narran una vida dedicada a otros. Esta mañana de marzo, mientras preparaba café de olla en mi cocina de azulejos azules, esos que mi difunto esposo Aurelio instaló con sus propias manos hace 30 años, recibí un mensaje de WhatsApp que me partió el alma en pedazos tan pequeños que aún no termino de juntarlos.
Era de mi hijo mayor, Roberto, desde Guadalajara. Ma, ya estamos en el aeropuerto. El vuelo sale en dos horas. Gracias por todo. Te mandamos fotos. Leí el mensaje tres veces con mis lentes de aumento temblando en mis dedos arrugados. El café se me enfrió entre las manos mientras mi cerebro trataba de procesar esas palabras que sonaban como una despedida. Cuando se suponía que era el comienzo de nuestro viaje familiar, el aeropuerto. Sin mírí a revisar mi bolsa de mano, esa cartera de piel café que me regaló mi hermana antes de morir.
Ahí estaban mi pasaporte mexicano con la foto donde salgo sonriendo como una tonta ilusionada, los boletos que imprimí en el cíber de la esquina porque nunca aprendí a usar esas cosas digitales y la carta manuscrita que había escrito para leerles durante la cena del crucero. una carta donde les agradecía por ser mis hijos, donde les pedía perdón por todas las veces que los regañé de pequeños, donde les prometía que este viaje sería para crear recuerdos bonitos, no para hablar de problemas o dinero, porque este crucero por el Mediterráneo no era solo unas vacaciones, era mi
última oportunidad de sentirme parte de mi propia familia antes de que la vejez me convirtiera definitivamente en una carga que hay que soportar los domingos después de misa. Había gastado mis ahorros completos, 240,000 pesos, todo lo que había juntado vendiendo los aretes de oro de mi mamá, la máquina de coser singer de la abuela y trabajando los sábados dando clases particulares a niños del fraccionamiento Las Águilas, donde las señoras me pagan 50 pesos la hora y me ven con esa lástima condescendiente que duele más que los gritos.
8 días navegando desde Barcelona hasta Roma. Cinco cabinas, una para Roberto y su esposa Leticia con sus dos hijas. Otra para mi hijo menor Diego con su novia Fernanda. Una para mi única hermana viva Esperanza, que vendría desde Puebla con su nieta. Otra para mis compadres, Refugio y Pancho, que fueron los padrinos de bautizo de Roberto, y la mía, que había reservado individual, porque para qué incomodar a nadie con mis ronquidos y mis pastillas para la presión.
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