Me dirigí a la cocina, escuchando mis propios pasos sobre el piso de cerámica. Abrí el refrigerador y tomé la jarra. El líquido ámbar se movía suavemente, con pequeñas burbujas atrapadas en su interior.
Busqué un vaso en la alacena.
Y entonces lo escuché.
—Abuela… no bebas el té.
Me quedé paralizada. El vaso quedó suspendido a medio camino entre la alacena y el mostrador.
Esa voz.
Una voz de niño clara, firme… aterradoramente articulada.
Me giré lentamente.
Mateo estaba en la entrada de la cocina.
Pero no estaba balanceándose.
No tenía esa mirada perdida.
Estaba completamente quieto, mirándome directo a los ojos con una intensidad que jamás le había visto.
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