«¡CÁLLATE, VIEJO APESTOSO!» — Mi hijo se ARREPINTIÓ de esas palabras 15 minutos después…

«¡CÁLLATE, VIEJO APESTOSO!» — Mi hijo se ARREPINTIÓ de esas palabras 15 minutos después…

Me dio un dolor en el corazón”, dijo al fin. Me puse nervioso y me caí. La doctora se inclinó un poco más hacia él y bajó la voz, aunque Daniel alcanzó a oír cada palabra. “Don Ernesto, ese moretón que tiene en la mejilla no es de una caída. Llevo 30 años trabajando como médica y sé muy bien cómo se ve un golpe de puño.” Alguien le pegó. El silencio se hizo denso, casi tangible. Daniel sintió que el corazón le latía en la garganta y tuvo ganas de salir corriendo de allí, de estar en cualquier otro lugar, menos en ese cuarto cargado de expectativa.

Ernesto miró a su hijo largo rato con atención, como si lo viera por primera vez en la vida. Luego volvió la vista hacia la doctora. “Me caí”, repitió en voz baja pero firme. Tropecé en el umbral y me caí. La doctora sostuvo la mirada unos segundos más. ¿Estás seguro? Ernesto asintió. Seguro. Daniel soltó el aire sin darse cuenta de que había estado conteniendo la respiración todo el tiempo. Su padre lo acababa de cubrir. El mismo padre al que había golpeado en la cara 15 minutos antes, acababa de mentir para protegerlo.

Debería haber sentido gratitud. Pero lo que sintió fue algo muy extraño, una mezcla de vergüenza y de irritación, como si lo hubieran desenmascarado. La doctora sacó una tarjeta del bolsillo y la dejó sobre la mesilla. “Esta es mi tarjeta personal”, le dijo a Ernesto. “Soy la doctora Sofía Morales. Si necesita ayuda, cualquier tipo de ayuda, llámeme. Lo digo en serio.” Ernesto miró la tarjeta, luego a la doctora y una leve sonrisa asomó a sus labios. Gracias, doctora Sofía, la llamaré.

La media hora siguiente se llenó de procedimientos médicos. Le hicieron un electro, le tomaron la tensión varias veces, le dieron unas pastillas debajo de la lengua. El chico joven le preguntaba qué medicamentos tomaba, qué enfermedades crónicas tenía, si era alérgico a algo. Ernesto respondía con paciencia y detalle, y Daniel escuchaba sorprendido, descubriendo que no sabía ni la mitad de lo que su padre contaba. No sabía que tenía la tensión alta desde hacía 5 años. No sabía que se tomaba pastillas cada mañana.

No sabía que tenía problemas de estómago y que no podía comer nada frito. Llevaba años viviendo pared con pared con ese hombre y no sabía prácticamente nada de él. Al final, la doctora anunció que el estado se había estabilizado y que no era necesaria la hospitalización, pero que necesitaba reposo absoluto, al menos durante una semana y después una visita obligatoria al cardiólogo. ¿Hay alguien que pueda cuidarlo? preguntó mirando a Daniel. “Claro”, contestó él demasiado rápido. “Mi esposa y yo vivimos aquí.” La doctora volvió a clavarle esa mirada que hacía que Daniel se sintiera un niño pillado en una mentira.

“Bien”, dijo al cabo. “Reposo total, nada de preocupaciones, nada de estrés.” subrayó esas últimas palabras de tal manera que incluso Daniel captó el mensaje. Los sanitarios recogieron sus cosas y se marcharon. El piso quedó en silencio. Carolina asomó la cabeza por la puerta. “Entonces, ¿va a vivir?”, preguntó con una sonrisita. Por un momento pensé que iba a tocar organizar funeral. Daniel se estremeció como si le hubieran dado una bofetada. “¡Cállate!”, soltó con brusquedad. Simplemente cállate. Carolina alzó las cejas sorprendida, pero no respondió y se fue de vuelta al salón.

Daniel se quedó en el pasillo entre la habitación de su padre y el salón, sin saber a dónde ir ni qué hacer. Sentía que tenía que entrar a hablar con Ernesto, decir algo, quizá incluso pedir perdón. Pero, ¿qué iba a decir? Perdona por pegarte. Perdona por llamarte viejo apestoso. Las palabras se le atascaban en la garganta. Al final se dio media vuelta y se fue al salón de nuevo junto a Carolina, a la televisión, a esa vida cómoda en la que no había que pensar demasiado ni pedir perdón a nadie.

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