sacó del bolsillo de sus pantalones de estar en casa el inhalador, se lo enseñó a Carolina y habló con la voz más suave que pudo, intentando no sonar exigente ni acusador. “Carito, por favor, ¿podrías fumar en el balcón? Tengo asma, me cuesta mucho respirar cuando fuman cerca. No te reclamo nada, solo te lo pido. Carolina ni siquiera volvió la cabeza hacia él, aspiró más profundo, exhaló el humo hacia el techo y respondió con ese tono especial de absoluto desprecio que Ernesto llevaba años escuchando.
Esta también es mi cocina. Si no te gusta, sal tú. Ernesto quiso contestar. Quiso recordar que aquello no era exactamente así, que legalmente la cocina y todo el piso eran suyos. Pero se cayó como se callaba siempre. Se volvió hacia el fregadero y siguió lavando platos, intentando respirar poco profundo para no toser, intentando ser invisible. En ese momento entró en la cocina Daniel, su hijo, su único hijo, su sangre y su carne, el niño al que había criado, educado y sacado adelante.
Daniel tenía 42 años, trabajaba de gerente en una empresa de construcción y en los últimos años a Ernesto le recordaba cada vez más a alguien que carga un peso enorme sobre los hombros, pero se niega a admitir que ese peso existe. Aquella mañana, Daniel ya se había levantado de mal humor. Había problemas en el trabajo. El jefe presionaba. Carolina exigía un coche nuevo y la vida en general le parecía profundamente injusta, especialmente con él. Daniel alcanzó a escuchar las últimas palabras de su padre y se detuvo en el marco de la puerta.
Su rostro se deformó con un gesto que Ernesto conocía demasiado bien. Esa mueca de irritación que en los últimos años tan fácilmente se convertía en rabia. ¿Ya estás otra vez con lo mismo?, preguntó Daniel, y en su voz había tanto veneno que Ernesto encogió los hombros de manera instintiva. Siempre tu drama del asma. Todos los días igual. Carolina tiene derecho a fumar en su propia casa. Hijo, solo le pedí que empezó Ernesto, pero no alcanzó a terminar la frase.
Algo se rompió dentro de Daniel como un fusible que salta. Dio un paso hacia su padre con la cara desencajada. Ernesto vio la escena como en cámara lenta, la mano de su hijo levantándose, el puño cerrándose, el golpe que se acercaba. No tuvo tiempo de apartarse ni de levantar las manos para protegerse. ¡Cállate! Hueles peor que los cigarrillos. ¿Te das cuenta de lo harto que nos tienes a todos? El puñetazo le alcanzó la mejilla con fuerza seca, brutal.
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