Adriana frunció el ceño.
—Aquí no vive ninguna señora así.
Desde el corredor, Doña Teresa escuchó su nombre. Se levantó despacio y apareció en la entrada.
—Soy yo.
El abogado la saludó con respeto.
—Vengo a entregarle unos documentos y a informarle sobre un trámite pendiente relacionado con esta propiedad.
Adriana soltó una risa nerviosa.
—Debe haber un error. La casa es de mi esposo.
El abogado abrió el portafolio y mostró los papeles.
—Según el registro público, esta casa está a nombre de la señora Teresa Gómez, desde hace más de treinta años.
El silencio cayó pesado.
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