—Así estoy bien. No molesto a nadie.
Adriana, en cambio, se sentía cada vez más dueña de todo. Tomaba decisiones, cambiaba cerraduras, hablaba de vender, de remodelar, de “su casa”. Miguel seguía ausente, confiando, creyendo que todo estaba en orden.
Hasta que un día, sin aviso previo, llegó un abogado.
Era un hombre de traje sencillo, portafolio en mano, mirada firme. Tocó la puerta a media mañana. Adriana abrió, molesta.
—¿Qué se le ofrece?
—Busco a la señora Teresa Gómez.
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