Pero este póster era diferente. Primero porque era auténtico, de los que se imprimieron oficialmente en 1975 para promocionar su álbum El alma joven. Segundo, porque estaba enmarcado profesionalmente con un marco de madera que, aunque viejo y rayado, mostraba que alguien lo había valorado lo suficiente para protegerlo. Y tercero, porque esa firma en la esquina no era una falsificación, era genuina. era suya. Juan Gabriel se acercó lentamente, quitándose los lentes oscuros para ver mejor. El anciano que vendía los objetos levantó la vista sin reconocerlo inmediatamente.
“¿Le interesa algo, señor?”, preguntó con voz cansada. La voz de alguien que ha pasado muchas horas ofreciendo cosas que nadie quiere comprar. Juan Gabriel señaló el póster. Ese póster, ¿cuánto pide por él? El anciano miró hacia atrás como si hubiera olvidado que el póster estaba ahí. Ah, ese es de Juan Gabriel, muy antiguo de hace 20 años. Está firmado por él personalmente. Su voz llevaba un tono de orgullo mezclado con tristeza. Pido 300 pesos. Es lo último que me queda de valor.
Juan Gabriel sintió algo apretarse en su pecho. 300es menos de lo que costaba una comida en un restaurante decente. ¿Por qué lo está vendiendo? El anciano suspiró mirando el póster con una expresión que Juan Gabriel no pudo descifrar completamente. Porque necesito el dinero para medicinas. Mi esposa está enferma y yo ya gasté todo lo que tenía. Este póster es lo único que me queda que vale algo. Juan Gabriel se arrodilló para estar a la altura del anciano.
¿Cómo consiguió ese póster? ¿Cómo lo firmó Juan Gabriel? Y entonces el anciano comenzó a contar una historia que Juan Gabriel escucharía con creciente emoción. Fue en 1975 en la ciudad de México. Yo trabajaba como chóer de taxi. Una noche, como a las 2 de la madrugada, recogía a un muchacho joven cerca de una estación de radio. Estaba lloviendo fuerte y él no tenía paraguas. Estaba empapado. Me dio una dirección en la colonia del Valle y durante el viaje empezamos a conversar.
El anciano, que se llamaba don Salvador Méndez, recordaba esa noche con claridad perfecta a pesar de los 20 años transcurridos. El muchacho me dijo que acababa de terminar una entrevista de radio, que estaba tratando de promocionar su nuevo disco, pero que nadie lo conocía todavía. me dijo que se llamaba Juan Gabriel y que algún día sería famoso. Yo le sonreí porque todos los jóvenes que subían a mi taxi tenían sueños grandes y la verdad no pensé mucho en ello.
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