Juan Gabriel caminaba por las calles del centro de Guadalajara aquella tarde del 12 de octubre de 1995, cuando algo lo detuvo en seco. Entre los vendedores ambulantes que llenaban la plaza de armas, un anciano de aproximadamente 75 años estaba sentado en el suelo sobre un cartón, rodeado de objetos viejos que intentaba vender, platos desportillados, libros amarillentos, ropa usada. Pero lo que capturó la atención de Juan Gabriel fue un póster enmarcado apoyado contra la pared detrás del anciano.
Era un póster suyo de 1975, 20 años atrás y en la esquina inferior derecha podía ver claramente su propia firma en tinta azul desvanecida. la firma que él recordaba haber puesto en ese póster exacto dos décadas antes, en circunstancias que nunca había olvidado. Lo que descubriría en los siguientes 30 minutos sobre por qué ese anciano estaba vendiendo ese póster específico lo haría llorar en medio de la calle sin importarle quién lo viera. La plaza de armas en el centro histórico de Guadalajara estaba llena de actividades a tarde de octubre.
Turistas tomaban fotos de la catedral, familias paseaban comiendo elotes y helados, músicos callejeros tocaban canciones populares. Juan Gabriel había llegado a Guadalajara dos días antes para una serie de presentaciones en el teatro de Gollado, pero esa tarde había decidido salir solo, sin guardaespaldas ni sequito, usando lentes oscuros y ropa casual, disfrutando de la rara libertad de caminar anónimamente entre la gente. Había pasado frente a docenas de vendedores ambulantes sin detenerse, acostumbrado a ver su imagen en pósters piratas y mercancía no autorizada que se vendía en las calles de toda Latinoamérica.
Leave a Comment