Cada día que pasaba allá era una batalla contra la nostalgia. Me dolía no ver crecer a mis hijos. Mandaba dinero a mi mamá para que ellos tuvieran comida, uniformes, lo básico. Pero cuando me mandaban cartas dibujadas con crayones, con garabatos que decían
“mamá, te extraño”, sentía que el alma se me rompía.
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