La señora Helen era viuda, con artritis en las manos y en las rodillas. Tenía 82 años cuando llegué. La casa era grande, con muebles de madera oscura, fotografías de familia en cada rincón y un jardín lleno de rosas que ella amaba.
La primera vez que me miró, me sonrió con ternura.
—Josefina, ¿verdad? —dijo con voz quebradita.
Asentí, nerviosa.
—Bienvenida a mi casa.
No me trató como empleada. Me trató como persona. Me pidió que le hablara en español porque quería aprender, y en las noches me contaba historias de su juventud mientras yo le sobaba las manos entumidas.
Al poco tiempo, me di cuenta de que Helen también estaba sola. Sus hijos vivían en otras ciudades y apenas la visitaban. De alguna manera, nos hicimos compañía.
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