Esteban no dijo nada, solo escuchaba. El corazón le latía fuerte. Si me permite, puedo hacer algunas consultas. Hay coleccionistas que pagarían muy bien por esto, pero también hay museos, instituciones, depende de lo que usted quiera hacer. Esteban respiró hondo. Solo quiero saber cuánto valen. El hombre hizo cuentas, habló con colegas por teléfono, revisó catálogos. Al final le dio una cifra. Esteban no podía creerlo. Era más dinero del que había visto en toda su vida, mucho más. Salió de la tienda caminando despacio.
Las piernas le temblaban. Se sentó en una banca de la plaza, miró al cielo. No sonríó, no lloró. Solo respiró, volvió al pueblo, le contó a Marta. Ella tampoco podía creerlo. Se abrazaron largo rato. ¿Qué vas a hacer?, preguntó ella. No lo sé todavía, eh, pero sí lo sabía. Algo dentro de él ya había decidido. Esteban esperó, no le dijo nada a nadie. Siguió su vida normal, salía al campo, ayudaba a vecinos, iba a misa. Nadie sospechaba nada.
Mientras tanto, hizo contactos, habló con abogados, con coleccionistas, con gente que entendía de estas cosas. Vendió algunas monedas, no todas. Guardó las más valiosas. Con ese dinero compró un terreno, no muy lejos del pueblo, pequeño bueno, y empezó a trabajarlo despacio, sin prisa. Meses después, la gente empezó a notar que Esteban había cambiado. Tenía un terreno, tenía planes, estaba tranquilo, pero firme. Don Alfredo se enteró, mandó llamar a Esteban. Esteban fue. Entró a esa misma oficina donde había recibido el sobre con las monedas.
Esteban, me dijeron que compraste un terreno. Así es, don Alfredo. ¿Con qué dinero? Con el que usted me pagó. Don Alfredo rió, una risa corta, seca. Las monedas esas, no me digas que valían algo. Esteban lo miró fijo sin parpadear. Valían mucho, don Alfredo, mucho más de lo que usted imaginó. La sonrisa del patrón se congeló. ¿Qué? Eran monedas de oro, antiguas, raras. Las vendí y con eso compré mi tierra. Don Alfredo palideció. se levantó de la silla.
Leave a Comment