volvió a casa, sacó las monedas, las limpió una por una con agua y jabón. El barro se fue desprendiendo. Debajo el metal brillaba apenas. Eran monedas antiguas, sí, pero no cualquier moneda. Tenían grabados extraños, fechas viejas, símbolos que no reconocía. Esteban no sabía nada de antigüedades, pero algo le decía que debía averiguar. Si estás leyendo esto, si algo de esta historia te toca, si sientes que has sido tratado injustamente alguna vez, déjame tu nombre y tu ciudad en los comentarios.
No estás solo. Esto es para todos los que han dado todo y han recibido casi nada. Sigamos juntos. Esteban guardó las monedas en una caja pequeña. Al día siguiente viajó a la ciudad 3 horas en autobús. Llegó a una zona antigua llena de tiendas de anticuarios, coleccionistas, historiadores. Entró a la primera tienda, un lugar oscuro, lleno de polvo, objetos viejos amontonados. Un hombre mayor lo atendió. Buenos días. ¿En qué le puedo ayudar? Esteban sacó una de las monedas, la puso sobre el mostrador.
El hombre la tomó, la miró con una lupa, frunció el seño, luego sonró. ¿De dónde sacó esto? Me la dieron como pago. Pago. ¿Quién le paga con esto? Alguien que no sabía lo que tenía, supongo. El hombre dejó la moneda. Miró a Esteban con curiosidad. Esto es una moneda de oro antigua colonial de principios del siglo XIX. Está sucia, maltratada, pero el oro sigue siendo oro. Y si tiene más como esta. Esteban sintió que el aire se le escapaba del pecho.
¿Cuántas tiene?, preguntó el hombre. Varias. No las conté bien. Tráigalas todas. Quiero verlas. Esteban volvió al pueblo esa misma tarde. Sacó todas las monedas, las contó, 62 monedas en total, las limpió con cuidado. Al día siguiente volvió a la ciudad. El anticuario las revisó una por una. Tardó horas. Al final levantó la vista. Señor, esto es un tesoro. Literalmente estas monedas son piezas históricas, raras, muy valiosas. No sé cómo llegaron a sus manos, pero esto vale una fortuna.
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