A media semana, el mar tibio y las noches largas parecían deshacer los remordimientos. Valeria se reía en el agua, bronceada, brillante bajo el sol.
—¡Ven! ¡El agua está perfecta! —le gritó.
Andrés entró al mar con ella. Aun así, una incomodidad le roía el estómago.
—¿Otra vez pensando en trabajo? —lo rodeó por el cuello.
—Olvidé mandar un informe antes de salir —improvisó.
—Mentiroso —sonrió Valeria, besándole la mejilla—. Estás pensando en Marina.
—Quedamos en no hablar de eso aquí —cortó él.
—Algún día tendrás que decidir —dijo suave—. No podemos escondernos siempre.
—Después del viaje hablo con ella. Lo prometo.
Valeria asintió, esperanzada. La semana se fue entre mariscos, fotos y habitaciones de hotel. Andrés casi dejó de pensar en casa. Casi.
La sorpresa
La noche del regreso, el taxi lo dejó ante su edificio. Vio luz en la sala. Entró en silencio, dejó la maleta y caminó hacia el murmullo.
Se detuvo en seco: la sala era otra. Guirnaldas, flores, globos; en la pared, fotos de su boda, de viajes; en la mesa, una torta con una vela en forma de “10”. En el sofá, Marina… y un hombre alto de cabello claro.
—¿Qué… qué es esto? —alcanzó a decir.
—No te esperábamos por dos horas —dijo Marina, sorprendida—. Hoy es nuestro décimo aniversario, Andrés.
Leave a Comment