Más tarde, en el taxi rumbo a nuestro nuevo departamento en Zapopan, Sara miraba por la ventana con una sonrisa misteriosa.
Sentí una calma dulce. No amor todavía, pero sí una satisfacción tranquila.
Esta mujer silenciosa era mi esposa.
Abrí la puerta, el olor a pintura fresca llenando el aire.
La cerré detrás de nosotros.
El silencio cayó.
Me giré hacia ella, dispuesto a comenzar nuestra vida juntos.
Y todo lo que creía saber se desmoronó.
Ella me miró directamente, la sonrisa tímida borrada, reemplazada por algo agudo, consciente.
—Por fin —dijo con una voz clara, limpia, musical—. Ya estamos solos, Miguel. Podemos dejar la actuación.
Me quedé helado.
—¿Qué…? Pero… tú no puedes hablar.
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