Mi madre eligió para mí una esposa hermosa… y muda.

Mi madre eligió para mí una esposa hermosa… y muda.

Su nombre era Sara.
Según mi madre, era huérfana, criada por parientes indiferentes en un pequeño pueblo cerca de Tequila, Jalisco.
Esa infancia dura la había convertido en una mujer callada, obediente y modesta.
Pero su rasgo más “definitorio”, el que mi madre recalcó con una sonrisa triunfal, era que Sara era muda.
Había nacido sin voz, y se comunicaba solo con gestos y un pequeño cuaderno de cuero.

—Es perfecta para nuestra familia, Miguel —dijo mi madre, con voz tan fría y lisa como el mármol pulido—.
Sin discusiones, sin gritos, sin drama.
Solo una mujer agradecida de tener a un hombre como tú.
¿Quién más querría una esposa con semejante defecto?

Era cruel, pero acepté.
Confiaba en ella.
Y la foto que me mostró selló mi destino:
Sara era hermosa, con una cascada de cabello castaño, ojos azules y una sonrisa tímida que escondía un secreto.
Dije que sí.

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