El silencio duró apenas un segundo antes de que Lucas soltara la carcajada. Héctor también rió, y Javier cruzó los brazos, mirando la escena como si fuera un chiste.
—¿Cinco camiones? —repitió Lucas entre risas—. ¿Sabe cuánto cuesta uno solo? Más de dos millones de pesos cada uno.
—Más de medio millón de dólares —añadió Héctor con tono burlón.
Don Félix no respondió. Solo siguió acariciando el camión.
—Mire —intervino Héctor—, entendemos que le gusten, pero esto no es un museo. Si no tiene una empresa registrada, ni siquiera podemos cotizarle.
—Tengo una empresa —contestó el viejo, sin voltear—. Treinta y dos unidades activas. Necesito cinco más.
Javier soltó una risita seca.
—¿Treinta y dos camiones y viene vestido así, señor? Los dueños de flotillas grandes llegan con chofer y contador, no caminando con una mochila rota.
—La mochila no está rota —respondió Don Félix, girando lentamente—. Solo tiene muchas historias. Igual que yo.
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