«Me voy a llevar cinco camiones Mercedes», dijo el hombre andrajoso.

«Me voy a llevar cinco camiones Mercedes», dijo el hombre andrajoso.

Ambos sabían reconocer a los que solo iban a mirar, no a comprar.

En el baño, Javier Peña, el gerente de ventas, se acomodaba su corbata importada cuando escuchó los pasos lentos en la sala. Salió secándose las manos con una toalla de papel. En dos segundos evaluó al visitante: ropa vieja, postura encorvada, mochila remendada. Conclusión inmediata: pérdida de tiempo.

Don Félix se detuvo frente a un Actros blanco reluciente, pasó su mano callosa por la defensa cromada y suspiró. Había manejado camiones como ese por cuarenta años. Conocía cada válvula, cada tornillo, cada truco del motor.
Pero los tres hombres que lo observaban desde lejos no sabían nada de eso.

Lucas se acercó con el aire sobrador de quien cree saberlo todo.
—Disculpe, señor —dijo con tono condescendiente—, esos camiones son para clientes con cita. Si quiere información general, tenemos folletos allá en la entrada.

Don Félix lo miró con calma, con esos ojos grises que parecían pozos antiguos.
—Voy a llevarme cinco camiones Mercedes —dijo sin titubear.

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