Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

de alguien más, como si esos muchachos ya no fueran míos, como si solo fuera una tía lejana que se entera de las cosas. Y luego venía lo más difícil, las videollamadas. Los domingos a las 8 de la noche hablábamos los tres. Era la noche de mamá, como decía mi hija al principio, pero con los años se volvió rutina también. Ellos ya no me contaban tantas cosas. Se reían entre ellos, me decían que todo iba bien, que no me preocupara.

Yo los veía y me dolía el alma porque me daba cuenta que ya no me necesitaban, que habían aprendido a vivir sin mí. Una vez, en una llamada, Carmen me dijo, “Mamá, ¿por qué no mejor te quedas allá para siempre? Aquí ya estamos grandes. Y no me lo dijo con enojo, me lo dijo con esa frialdad que duele más, como si ya hubiera aceptado que su mamá no iba a volver nunca. Esa noche lloré hasta quedarme dormida.

Me acuerdo que en esa época yo ya llevaba más de 15 años allá. 15 años. casi la mitad de mi vida adulta y no tenía nada, no tenía papeles, no tenía seguro, no tenía una casa mía, no tenía pareja, no tenía mis hijos, tenía dinero. Sí, pero de qué servía si yo no podía abrazar a nadie, si cada Navidad la pasaba sola calentando tamales en el microondas, viendo las fotos que me mandaban por WhatsApp y aún así seguía porque me daba miedo volver y no saber qué hacer, porque allá uno se vuelve como un mueble

Post navigation

Leave a Comment

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

back to top