Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

Me llamo Josefina Morales, tengo 52 años y esta historia que voy a contar no la sabe nadie completa, ni mis hijos, ni mi mamá, ni siquiera la señora para la que trabajé tantos años.

Comía en la parte de atrás de la casa, en el jardincito. A veces me quedaba viendo el cielo. A veces me ponía a pensar en cuautla, en el olor de las tortillas en la mañana, en el calor de la casa de mi mamá y se me nublaban los ojos, pero solo un ratito. Después me limpiaba y seguía. Porque allá no hay tiempo para ponerse triste. Allá si te caes, nadie te levanta. Los miércoles eran días ligeros, según ellos, pero para mí era igual.

Ir al mercado, hacer comida especial si tenían visitas, limpiar el cuarto de los niños, trapear los pasillos. Yo les cocinaba de todo, aprendía a hacer comida americana, pero también les encantaban mis enchiladas y mi arroz rojo. A veces la señora me decía, “Josefina, hoy cocina como en México, que nos encanta ese saborcito tuyo.” Y eso me daba un poquito de alegría. Sentía que algo mío todavía valía. Los viernes eran los días de lavar todo, sábanas, toallas, cortinas.

Terminaba rendida. Cuando salía ya era de noche. El frío me calaba los huesos, pero me daba más frío por dentro que por fuera porque llegaba a mi cuarto y estaba sola. un cuartito chiquito con una cama, una mesita y un ventilador. No tenía tele, solo mi celular y con eso me conectaba al mundo. A veces hablaba con mi mamá, me contaba que Carmen ya tenía novio, que Luis andaba trabajando en una ferretería. Yo escuchaba todo en silencio, solo decía, “Qué bueno, ma, me da gusto.” Pero por dentro sentía como si me estuvieran contando la vida

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