Mi mamá ama de casa con cinco hijos y una paciencia que yo nunca heredé. Yo soy la cuarta de los cinco y desde chiquita siempre fui la que ayudaba más, no porque fuera buena, sino porque no me quedaba de otra. Tuve que dejar la escuela en secundaria porque mi papá se enfermó y pues ya no alcanzaba. Me fui a trabajar a unas casas en Cuernavaca, limpiando y cuidando niños. De ahí conocí a Gerardo, el papá de mis hijos.
Él era chóer de una de las casas donde yo trabajaba. Al principio todo fue bonito, ya sabes, promesas, ilusiones, planes que uno cree que sí se van a cumplir. Nos juntamos cuando yo tenía 20 y al año nació mi hijo mayor, Luis. A los 2 años llegó mi niña, Carmen. Pero Gerardo no era lo que parecía. Era celoso, machista y de repente violento. No físicamente, pero con las palabras como dolían. Siempre me decía que yo no servía para nada, que sin él yo me moría de hambre, que los niños eran suyos.
Yo aguanté 5 años, 5 años de gritos, de humillaciones, de lágrimas en silencio. Hasta que un día ya no pude más. Me fui con mis hijos a casa de mi mamá y él nunca los volvió a buscar. Ahí empezó lo más difícil, ser madre soltera, sin un peso y con dos niños que dependían de mí. Hice lo que pude, limpiar casas, vender gelatinas, lavar ropa ajena, pero era una lucha diaria y los niños crecían y necesitaban más cosas, uniformes, zapatos, cuadernos y yo ya no sabía cómo estirar el día para que alcanzara.
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