La viuda pobre compró un rancho por 10 pesos — Se heló al ver que la casa estaba llena de serpientes..
Y esas palabras se quedaron flotando en el aire como un mal presagio. Ahora, parada frente a la puerta de su nueva casa, Esperanza introdujo la llave en la cerradura. tuvo que forcejear un poco, pero finalmente la puerta se abrió con un chirrido que hizo eco en todo el valle. El olor fue lo primero que la golpeó. No era exactamente mal olor, sino algo húmedo, terroso, como cuando llueve después de meses de sequía.
La luz del sol entraba en accesor por las ventanas rotas, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Había una mesa en el centro cubierta de tierra y hojas secas que habían entrado por las ventanas. Dos sillas desvencijadas, un fogón de leña en la esquina con cenizas tan viejas que parecían fósiles. En la pared, un calendario de 2009 mostraba la foto de una playa que Esperanza nunca visitaría.
Bueno, pues aquí vamos, dijo en voz alta, más para darse ánimo que por otra cosa. Dejó su morral en el suelo y sacó lo poco que había traído, una escoba, un trabo, un bote de agua, unas velas y una imagen de la Virgen de Guadalupe que siempre la había acompañado. Colocó la imagen en un clavo que sobresalía de la pared y se persignó.
Virgencita, aquí voy a estar. Cuídame, por favor. Comenzó a barrer. Las nubes de polvo la hacían toser, pero siguió adelante. Barrió la sala, lo que parecía haber sido una recámara pequeña y un cuartito que serviría como cocina. Cada rincón revelaba años de abandono. Telarañas gruesas como cortinas, excrementos secos de ratón, pedazos de adobe desprendidos del techo.
Cuando terminó de barrer, ya había pasado el mediodía. Esperanza se sentó en una de las sillas y comió las tortillas con frijoles que había traído envueltas en un trapo. El silencio del rancho era absoluto. No se escuchaba nada, ni pájaros, ni viento, ni el ladrido lejano de algún perro. Nada. Qué raro, pensó. Ni un solo ruido, pero estaba demasiado cansada para pensar mucho en eso.
Después de comer siguió trabajando, limpió las ventanas, quitó las telarañas, trapeó el piso de tierra compactada. Cuando el sol comenzó a ponerse, la casa se veía menos fantasmal. Todavía faltaba mucho, pero era un comienzo. Esperanza extendió su petate en el rincón más limpio de la recámara y se acostó. Estaba molida. Cada músculo de su cuerpo le dolía, pero también sentía algo que no había sentido en años. Esperanza.
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