“No es gran cosa”, murmuró Esperanza para sí misma, limpiándose el sudor de la frente con el rebozo. “Pero es mío.” El terreno alrededor era amplio. Había espacio suficiente para sembrar quelites, calabazas, tal vez hasta criar algunas gallinas. Esperanza ya se imaginaba levantándose con el canto del gallo, regando su huertita, viviendo de lo que la tierra le diera.
Don Mauricio, el anciano que le había vendido la propiedad, vivía ahora con su hija en Querétaro. Cuando Esperanza fue a verlo para cerrar el trato, el viejo tenía los ojos hundidos y las manos temblorosas. “¿Está segura, doña?”, le había preguntado tres veces. Segurísima, don Mauricio. El anciano suspiró hondo, como si estuviera soltando un peso que llevaba cargando muchos años.
Mire, le voy a ser franco. Ese rancho lleva abandonado más de 15 años. Desde que mi esposa murió no he podido volver. Los recuerdos, ¿sabe, a veces los recuerdos pesan más que las piedras? Esperanza asintió. Ella también sabía del peso de los recuerdos. Sabía lo que era despertar en medio de la noche buscando a alguien que ya no estaba.
Entiendo, don Mauricio, pero a mí no me asustan las casas viejas ni los recuerdos de otros. Lo que me asusta es seguir pagando renta cuando ya no puedo ni con mi alma. El anciano la miró con algo parecido a la lástima, pero firmó los papeles. Le entregó una llave oxidada y le dio la mano. Que Dios la acompañe. Dijo.
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