Estaba sentada en la sala de espera del médico cuando sonó mi teléfono. Era Ángela, mi única hija. Su voz sonaba extraña, casi fría, cuando dijo, “Mamá, vamos a viajar mañana a Europa. Tu casa de la playa y tu carro ya los vendí. Necesitábamos el dinero. Chao.” Y colgó así, sin más.
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