Muchos padres siguen apegados a la versión de su hijo que existía hace años: el estudiante, el deportista, el soñador. Pero ese niño ha crecido.
Si las conversaciones siempre tratan sobre el pasado («¡Te encantaba esto!», «¿Te acuerdas de cuando eras pequeño?»), la persona que es ahora se siente invisible.
No ser visto por tus propios padres es un tipo de soledad único, que aleja incluso a los hijos más cariñosos.
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