Nunca te faltaría nada. Pero papá, yo no lo amo. El amor se aprende, hija. Los matrimonios felices se construyen sobre la base del respeto y la seguridad, no sobre sentimientos que se desvanecen con los años. Y ahí estaba otra vez la semilla venenosa creciendo en el corazón de Teresa.
Era cierto que el amor se desvanecía, era cierta que la pobreza mataba el amor. Era una tonta por creer en los cuentos de hadas. La crisis llegó en febrero de 1953, cuando don Aurelio organizó una cena para que Teresa conociera adecuadamente a Ricardo Vázquez. Ricardo era efectivamente un joven apuesto y educado.
Tenía 22 años, cabello rubio cenizo, ojos azules y modales refinados. Hablaba de sus viajes a México DF, de los libros que había leído, de los planes que tenía para modernizar las haciendas de su familia. “Mi padre dice que usted borda muy bien, señorita Teresa”, le dijo durante la cena. Me gustaría mucho ver sus trabajos algún día.
Teresa sonrió cortésmente, pero se sentía como una actriz, representando un papel que no había elegido. Ricardo era todo lo que su padre quería para ella, rico, educado, con futuro asegurado. Pero cuando lo miraba no sentía mariposas en el estómago. Cuando él hablaba no se le aceleraba el corazón, no había magia, no había esa conexión inexplicable que sentía con Miguel.
Esa noche, después de que Ricardo se fuera, don Aurelio entró al cuarto de Teresa con una sonrisa triunfante. ¿Viste qué muchacho tan fino? ¿Viste cómo te hablaba? Con qué respeto? Eso es un hombre de verdad, Teresa, no un peón que no tiene ni dónde caerse muerto. Papá, por favor. No, hija, escúchame. Don Roberto ya me habló.
Ricardo está muy interesado en Podríamos anunciar el compromiso en Semana Santa y la boda sería en diciembre. Imagínate una boda por todo lo alto, con vestido de satén blanco, con músicos y flores, como mereces. Teresa sintió que las paredes se cerraban sobre ella. La boda que su padre describía sonaba hermosa, pero era una boda sin amor, un matrimonio sin alma.
Esa misma noche esperó hasta que toda la casa estuviera dormida y por primera vez en meses, desobedeciendo todas las órdenes de su padre, salió sigilosamente de casa. Miguel la esperaba en su lugar de siempre, junto a la fuente de la plaza. Cuando la vio llegar, corrió hacia ella y la abrazó como si fuera la cosa más preciada del mundo.
Leave a Comment