El mercado de Coyoacán, un sábado por la mañana. Yo estaba comprando jitomates cuando chocamos, literalmente. Él venía distraído mirando su lista de compras y yo iba apurada tratando de alcanzar los aguacates más frescos. Mi bolsa se cayó, los jitomates rodaron por el suelo y ambos nos agachamos al mismo tiempo a recogerlos. Nuestras manos se tocaron sobre el mismo jitomate. “Perdón, señora”, dijo él con una sonrisa que iluminó toda su cara. “Voy como burro sin mecate, mirando para todos lados, menos por donde camino.
Me reí. Hacía tanto que no me reía así con ganas. No se preocupe, yo tampoco me fijo. Ando como alma que lleva el Nos levantamos al mismo tiempo. Él tenía 71 años entonces, pero se veía fuerte, vital. Cabello blanco perfectamente peinado hacia atrás, ojos color café claro que brillaban con inteligencia y manos grandes de trabajador. Vestía un suéter de lana gris y pantalones de mezclilla limpios. Se le veía bien. Cuidado. ¿Me permite invitarle un café? Preguntó de repente como disculpa por casi tirarla.
Debía haber dicho que no. Debía haber inventado una excusa y seguir mi camino. Pero algo en sus ojos, algo en su sonrisa sincera me hizo aceptar. Terminamos en el café de la esquina con dos tazas de café de olla y un plato de conchas que él insistió en pagar. Y hablamos. Dios, cómo hablamos. me contó que era viudo desde hacía 3 años, que su esposa Beatriz había muerto de cáncer después de 45 años de matrimonio, que tenía dos hijas que vivían en Monterrey con sus propias familias y que lo visitaban cada dos o tres meses,
que había sido maestro de secundaria toda su vida enseñando historia y matemáticas, que ahora vivía de su pensión de 12,400 pesos mensuales y de unos ahorros que había guardado Con cuidado. Tengo una casita en Oaxaca, me dijo con los ojos brillando de emoción. La compré hace 15 años cuando todavía trabajaba. Es pequeña, pero tiene un jardín precioso donde Beatriz plantó bugambilias moradas. No he ido desde que ella murió. Me da miedo ir solo y sentir su ausencia en cada rincón.
Yo le conté mi historia, no toda, no esa primera vez, pero sí le hablé de Rodrigo, de cómo lo había criado sola, de mi trabajo vendiendo tamales, de la casa que había comprado con tanto esfuerzo. “Usted es una mujer muy fuerte”, me dijo tomando mi mano sobre la mesa. Se nota en sus ojos, en la forma en que habla de su vida. No muchas personas pueden decir que construyeron algo de la nada. Ese café se convirtió en dos, luego en una caminata por el mercado, luego en una despedida con la promesa de vernos la siguiente semana y así comenzó todo.
Durante se meses, Ernesto y yo nos vimos cada sábado. Íbamos al mercado, caminábamos por Chapultepec, visitábamos museos pequeños, comíamos quesadillas en puestos callejeros. Él me regalaba flores que compraba en el metro, siempre girasoles, porque una vez le dije que me gustaban. Yo le preparaba tamales y se los llevaba en un topperware porque él me confesó que extrañaba la comida casera. No había nada urgente en nuestra relación, no había prisa. Era una amistad que se fue convirtiendo en algo más profundo sin que nos diéramos cuenta.
Un día, después de 8 meses de vernos, me besó. fue bajo un árbol de jacarandas en Coyoacán, con las flores moradas cayendo sobre nosotros como confeti. Y en ese beso sentí algo que creía haber perdido para siempre, esperanza. Catalina, me dijo esa tarde con la voz temblorosa de emoción, sé que ambos somos mayores. Sé que la vida ya nos dio sus golpes, pero yo quiero estar contigo, no como amigos. Quiero despertar cada mañana sabiendo que puedo llamarte, verte, abrazarte.
Leave a Comment