Quiero que seas mi compañera. Lloré de felicidad. A mis 66 años pensé que el amor romántico era algo que ya no me tocaba. Y ahí estaba ese hombre maravilloso pidiéndome que construyéramos algo juntos. Sí, le respondí. Sí, quiero estar contigo. Esa noche se lo conté a Rodrigo. Pensé que se alegraría por mí. Pensé que entendería que su madre también tenía derecho a ser feliz. Me equivoqué completamente. Un novio. Dijo Rodrigo con un tono que nunca le había escuchado.
Burla mezclada con desprecio. Mamá, por favor, ya tienes 66 años. ¿No crees que estás un poco grande para esas tonterías? No son tonterías, hijo. Ernesto es un buen hombre. Es educado, trabajador. Tiene su propia casa, sus propios ingresos. Ah, claro”, interrumpió Vanessa desde el sillón sin siquiera levantar la vista de su celular. “Seguro quiere tu casa, Cata. Así son todos los viejos solos. Buscan una viuda con propiedades para no morir en la miseria.” “Eso no es cierto”, respondí sintiendo la rabia subir por mi garganta.
“Entia pensión, su propia casa en Oaxaca.” “Una casa en Oaxaca.” Se burló Rodrigo. “¡Qué impresionante! Seguro es un cuartito de adobe. Mamá, usa la cabeza. Ese hombre te está viendo la cara. Ustedes no lo conocen y no queremos conocerlo, cortó Vanessa. Mira, Cata, sé realista. ¿Qué va a pensar la gente? La señora Catalina, de 66 años paseándose con un viejo por toda la colonia es ridículo, es vergonzoso. No me importa lo que piense la gente. Pues debería importarte, dijo Rodrigo levantándose del sillón.
Su voz se había puesto fría, amenazante. Porque esa gente nos conoce a nosotros también. Y no voy a permitir que andes haciendo el ridículo con cualquier viejo aprovechado mientras vives bajo este techo. Es mi techo. Respondí con voz temblorosa. Esta es mi casa. El silencio que siguió fue aterrador. ¿Sabes qué, mamá?, dijo Rodrigo después de un momento que pareció eterno. Tienes razón. es tu casa y si quieres llenarla de viejos libidinosos, adelante, pero entonces nosotros nos vamos y no vuelvas a llamarme pidiendo ayuda cuando ese viejo te deje sin nada, porque yo te lo advertí.
Se fueron a su habitación dando un portazo. Vanessa me lanzó una mirada de satisfacción antes de seguirlo. Esa noche lloré hasta quedarme dormida y al día siguiente, cuando Ernesto me llamó para invitarme a desayunar, le dije que no podía verlo más. ¿Por qué, Cata? ¿Hice algo mal? No, Ernesto, tú no hiciste nada mal, pero mi familia, mi hijo no acepta nuestra relación y yo no puedo perderlo. Es lo único que tengo. Me tienes a mí, dijo con voz rota.
Lo siento susurré. Lo siento mucho. Y colgué. Durante dos años me convencí de que había hecho lo correcto, que una madre debe sacrificarse por sus hijos. que el amor romántico a mi edad era un lujo que no podía permitirme. Pero ahora, acostada en esa cama de hospital, con el teléfono en mi oreja temblorosa y la voz de Ernesto al otro lado, entendí la magnitud de mi error. Cata, ¿eres realmente tú? Dios mío, pensé que me dijeron que estabas en coma.
Leave a Comment