Don Ernesto me pagó 22,000 pesos para este traslado privado. Nos vamos directo a una clínica particular en Coyoacán, donde dos doctores van a certificar su estado de salud y su capacidad mental. Todo legal, todo documentado. Subí a la camilla no porque lo necesitara, sino porque era parte del plan. Si alguien veía la ambulancia salir, tenía que parecer un traslado normal. Lupita subió conmigo, sacó un folder de su mochila. Aquí están todos sus documentos médicos del hospital, copias certificadas, su historial, los estudios del derrame, todo.
También está la copia de la grabación de audio de ayer cuando su nuera y el abogado hablaron en su habitación. Lo guardé en esta USB. me entregó todo. Luego sacó otro sobre y esta es la carta que van a recibir a las 2 de la tarde. La tomé con manos temblorosas, tres páginas que contenían mi verdad, mi declaración, mi liberación. Lupita, dije con voz quebrada, ¿cómo te voy a pagar todo lo que has hecho por mí? Ella sonrió y me apretó la mano.
Señora Cata, mi abuela me cuidó toda mi infancia mientras mi mamá trabajaba. Me enseñó a leer, a cocinar, me llevaba a la escuela. Cuando la perdí por culpa de un hijo abusivo, juré que si alguna vez estaba en mi poder ayudar a alguien en su situación, lo haría. Usted me está dando la oportunidad de cumplir esa promesa. Se inclinó y me besó la frente. Ahora váyase, sea feliz y no vuelva a sacrificarse por gente que no la merece.
Bajó de la ambulancia. Ernesto cerró las puertas traseras y subió adelante con Mario. El motor se encendió y así a las 5:37 de la mañana del jueves 15 de marzo escapé del hospital. Escapé de mi hijo. Escapé de la muerte que habían planeado para mí. La ambulancia atravesó las calles todavía oscuras de la Ciudad de México. Yo iba recostada en la camilla, mirando el techo, sintiendo cada bache, cada vuelta, cada segundo que me alejaba de esa vida.
40 minutos después, llegamos a una clínica privada en Coyoacán. Pequeña, discreta, pero limpia y profesional. Dos doctores me esperaban. El doctor Méndez, neurólogo, y la doctora Salazar, psiquiatra. Durante las siguientes 3 horas me hicieron pruebas: evaluación neurológica completa, pruebas cognitivas, evaluación psicológica. Respondí preguntas, resolví acertijos, conté mi historia. “Señora Catalina, dijo finalmente el doctor Méndez, su recuperación del derrame es excepcional. No hay evidencia de daño cerebral permanente. Su memoria, razonamiento y capacidades cognitivas están intactas. Está usted en pleno uso de sus facultades mentales.
Me entregó un documento oficial sellado y firmado, un certificado médico que declaraba mi competencia mental y mi capacidad para tomar decisiones sobre mi vida y patrimonio. La doctora Salazar agregó otro documento similar. entre los dos tenía la protección legal que necesitaba. Ernesto pagó los honorarios de los doctores, 15,800 pesos en total, dinero que había sacado de sus ahorros sin pensarlo dos veces. Ahora dijo tomando mi mano, vamos a casa, no a mi casa en del Valle. Esa ya no era mi hogar.
Esa era una prisión de la que acababa de escapar. Nos dirigimos a la terminal de autobuses del sur. Ernesto había comprado dos boletos para Oaxaca. Salida a las 10 de la mañana. Primera clase, asientos reclinables, aire acondicionado. Llegamos a la terminal a las 9:15. Todavía teníamos tiempo. Ernesto me llevó a un restaurante dentro de la terminal. Necesitas comer algo. Te ves muy delgada. Pedí chilaquiles verdes con pollo y un café de olla. fue la primera comida real que tenía en casi dos semanas.
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