El Padre Pío también hablaba con claridad del Rosario como arma espiritual. En momentos de tentación fuerte, incluso un solo Ave María rezado con fe puede crear una barrera invisible. Esa rosa, explicaba, se convierte en un escudo que la Virgen coloca entre la persona y el mal, debilitando la tentación y alejándola.
Por eso aconsejaba no dialogar con el peligro, sino responder de inmediato con la oración.
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