Padre Pío insistía en que no existe oración pequeña. Enseñaba que un solo Ave María rezado entre lágrimas, en medio del sufrimiento, puede ser más valioso que largas oraciones repetidas sin atención. A las madres que lloraban a sus hijos, a los enfermos, a los ancianos cansados, les recordaba que esas oraciones nacidas del dolor se convierten en las rosas más hermosas del cielo.
Para él, la Virgen guardaba estas rosas “especiales” cerca de su corazón y las presentaba directamente ante Dios como testimonio de un amor probado por la cruz.
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