Casi me reí. De verdad casi me reí, porque si no lo hacía, me iba a quebrar.
Subí al cuarto de “huéspedes”, el cuarto que había sido mi rincón durante seis meses. Nunca fue “mi cuarto”. Porque, en la mente de esa casa, yo siempre estaba de paso.
Mientras doblaba mi ropa, escuché sus voces abajo planeando qué harían con ese espacio cuando yo me fuera. Studio de yoga. Oficina. Ninguno mencionó culpa. Ninguno mencionó gratitud.
Entonces miré la foto de Lupita en la mesa de noche. Y le susurré:
—No me voy a rendir sin pelear.
Pero mi pelea no sería con gritos. Iba a ser con papeles.
Leave a Comment