No le preocupaba mi seguridad. Le preocupaba su comodidad.
Su esposa me miró como si yo fuera un obstáculo y soltó una sentencia: que yo era egoísta, que ellos “venían a hacerme compañía”, que así no se les pagaba.
Yo escuchaba todo como si estuviera viendo una obra ajena, hasta que Lorenzo remató con su amenaza disfrazada de consejo: que una mujer sola podía terminar muy mal, que él era lo único que yo tenía, que recordara eso antes de “hacer una tontería”.
Se fueron azotando puertas.
Y yo me quedé en mi casa vacía, pero con una claridad nueva: a veces, el silencio no es soledad… es lucidez.
Leave a Comment