Lorenzo apareció corriendo, pálido y con los ojos abiertos como platos. Su esposa detrás, con la boca entreabierta.
“¿Dónde está todo? ¿Dónde están los muebles? ¿La tele? ¿Qué hiciste?”
Lo miré con una suavidad que me sorprendió a mí misma.
“Vendí algunas cosas. Necesitaba efectivo. Y si vas a manejar mis finanzas… primero necesitaba asegurarme de tener algo a mano.”
Su cara cambió en un segundo: de sorpresa a furia. Y entonces dijo la frase que me terminó de despertar:
“¿Y ahora qué vamos a hacer cuando vengamos? ¿Cómo vamos a estar cómodos aquí?”
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