Vinieron a mi edificio como náufragos: traje arrugado, maquillaje corrido, desesperación.
Intentaron presionarme. Intentaron asustarme.
Ricardo llegó a decir que me declararía incapaz.
Entonces saqué mi celular y le mostré la app del banco.
—“¿Sabes qué hice hoy? Compré acciones.”
Y le conté lo que no sabían:
yo no era una viejita sostenida por “una pensión”. Yo era una mujer que administró una empresa, que vendió bien, que invirtió mejor… y que se dejó usar por amor.
Ese amor se acabó.
Leave a Comment