Nuestra boda fue sencilla, íntima y perfecta.
Pero al día siguiente, cuando todavía seguíamos emocionados, alguien llamó a la puerta.
Un hombre elegante, de abrigo oscuro, esperaba afuera. Se presentó como Julián, abogado, y nos dijo que había algo importante que debíamos saber.
Nos entregó una carta.
Era de un hombre llamado Ricardo Salvatierra.
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