No hubo una gran declaración ni una escena romántica de película.
Solo ocurrió.
Con el tiempo entendimos que la vida era más liviana cuando estábamos juntos.
Una noche, agotada después del trabajo, le dije:
—Prácticamente ya somos pareja, ¿no?
Mateo sonrió.
—Menos mal. Pensé que solo lo sentía yo.
Seguimos avanzando semestre tras semestre. Cada diploma que llegaba por correo era una prueba de que habíamos resistido.
Un año después, mientras yo cocinaba en nuestra pequeña cocina, Mateo me pidió matrimonio con total naturalidad.
Reí. Lloré. Y dije que sí.
Leave a Comment