Durante días quise enfrentarlo.
Gritarle. Exigir explicaciones.
Pero algo me detuvo.
Una idea clara y fría:
Si hablaba, él destruiría todo.
Movería el dinero.
Y yo quedaría atrapada… sin pruebas y sin salida.
El problema ya no era emocional.
Era legal.
Si todo explotaba, yo también caería.
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