Todo había comenzado dos años antes.
Una tarde cualquiera, mientras buscaba un termómetro para Emilia, abrí el cajón del escritorio de Rodrigo.
Y encontré algo que nunca debí ver.
Un sobre grueso, oculto bajo una caja de puros.
Dentro había:
- Estados de cuenta de un banco que yo no conocía
- Contratos con empresas desconocidas
- Transferencias millonarias
- Y un nombre que se repetía: Gabriela Estrada Solís
Las cifras eran absurdas.
Millones moviéndose entre empresas como si nada.
En ese momento lo entendí.
Rodrigo no era un empresario exitoso.
Era un hombre construyendo su fortuna sobre fraude.
Y lo peor…
Yo estaba legalmente atada a todo eso.
Leave a Comment