La primera persona que llegó al rancho fue una mujer pequeña y ancha llamada doña Querubina.
Apareció una mañana en el portón, con rebozo oscuro y canasto en la cintura, y se quedó esperando sin cruzar. Rosario la vio desde el solar y fue hasta ella con Benito cargado al hombro.
—Vi humo saliendo de la chimenea tres días seguidos —dijo la mujer, mirándola con ojos vivos y atentos—. Y como esta casa estaba cerrada desde que murió don Fermín, vine a ver si el difunto había resucitado o si el cielo me estaba mandando trabajo.
Rosario no supo si reír. La otra sí sonrió, apenas.
Se presentó como partera y curandera de la región. Dijo que había ayudado a nacer a media comarca y a enterrar a la otra mitad. Rosario le contó la verdad sin adornos: que venía de lejos, que no tenía a dónde ir, que había entrado al rancho por una noche y esa noche se había convertido en días, que tenía un bebé y un potro huérfano y muy poca idea de lo que estaba haciendo.
Doña Querubina escuchó sin meter una sola palabra.
Después recorrió con la vista las ventanas abiertas, la ropa tendida, la hierba cortada alrededor de la casa, las gallinas, el fogón limpio. Miró a Rosario de arriba abajo, no con desprecio ni con lástima, sino como quien calcula la raíz de un árbol por la forma del tronco.
—Don Fermín murió hace unos seis meses —dijo al fin—. Solo. Lo encontró el carretero de los viernes. Nadie vino a reclamar nada. Ni hijos, ni hermanos, ni sobrinos. Nada.
—¿Y la tierra? —preguntó Rosario.
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