Al tercer día encontró la huerta detrás de la casa: guayabos, un naranjo, un limonero, todo crecido sin poda, pero terco todavía en dar fruto. Al cuarto día halló el manantial, escondido entre piedras en una hondonada húmeda detrás de la huerta. El agua salía limpia, fresca, cantando por un surco natural hasta perderse entre la maleza. Al quinto día descubrió el cobertizo lateral con herramientas oxidadas, costales viejos, una silla de montar incompleta y un montón de trastos que parecían inútiles hasta que la necesidad les devolvía el sentido.
También encontró gallinas. Cinco, flacas, desconfiadas, semisalvajes, picoteando detrás del cobertizo como si hubieran decidido sobrevivir con o sin permiso de nadie.
Empezó por la casa.
Barrió tanto polvo que al final del primer día tenía la espalda rota y las manos negras, pero el piso de madera volvió a verse. Sacudió telarañas. Restregó la mesa con agua y arena. Forzó ventanas hinchadas por el tiempo hasta que abrieron y dejaron entrar aire nuevo. Lavó trapos. Tendió ropa. Reparó como pudo una gotera vieja. El rancho, poco a poco, comenzó a respirar de nuevo.
Benito dormía cerca de ella, rodeado por la maleta y cobijas enrolladas. Aurora se quedaba siempre a la vista, echado en la puerta trasera, observándolo todo con la paciencia grave de los animales que parecen entender más de la cuenta.
Al octavo día desde que llegó, Rosario ya no se sentía una intrusa. Todavía no se atrevía a llamarle hogar, pero el lugar había empezado a tomar su ritmo. Despertaba con la luz del alba. Encendía el fogón. Bebía agua del manantial. Cortaba hierba. Revisaba la huerta. Daba de comer a las gallinas. Improvisaba pañales. Lavaba. Amamantaba. Hablaba sola a veces, para no olvidar el sonido de una voz adulta dentro de la casa.
Y a Aurora le hablaba mucho.
Le contaba cosas sin pensarlas. Le hablaba de Gerardo y de cómo el río lo había tragado sin darle tiempo a despedirse. Le hablaba de Benito y del miedo de no saber si podría mantenerlo vivo. Le hablaba del camino, de la suegra, del cansancio que traía metido en los huesos. El potro la seguía con sus ojos enormes y de vez en cuando resoplaba como si contestara.
Para la segunda semana, la cría ya caminaba mejor. Al principio daba pasos descompuestos, cómicos, casi tristes. Luego empezó a trotar trayectos cortos. Después a seguirla a la huerta y de vuelta. Rosario se dio cuenta de que, cada vez que se alejaba demasiado, Aurora levantaba la cabeza y la buscaba con una ansiedad que no disimulaba. Aquel animal no solo la había elegido. La estaba amarrando a la vida con una cuerda que ella no veía, pero sentía.
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