Las semanas siguientes fueron silenciosas. Rafael enfrentó un proceso legal. Leonel desapareció. Alejandra se fue, incapaz de seguir a su lado.
El departamento volvió a estar en orden, pero el vacío permanecía. Aprendí a convivir con él.
Tres semanas después, tomé por fin el avión a Puerto Vallarta. No huía. Cumplía una promesa.
Caminé junto al mar, leí en cafés donde nadie conocía mi nombre. Descubrí una libertad nueva en la soledad.
Antes de volver, doné parte de mi dinero a un fondo de apoyo para adultos mayores. Transformar el dolor en protección.
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