El día que salió de prisión, la libertad no se sintió como una victoria.
El aire olía a lluvia, humo y asfalto mojado.
Sus manos, antes acostumbradas a relojes de lujo y reuniones millonarias, estaban llenas de cicatrices y callos. Su cuerpo cargaba el desgaste de años de trabajo forzado y mala alimentación.
Ya no tenía dinero.
No tenía casa.
No tenía familia.
Y lo peor de todo: ya no tenía motivos para seguir adelante.
Durante horas vagó por una pequeña estación ferroviaria provincial, sintiéndose completamente perdido.
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