Durante años pensé que eso era normal. “Es la edad”, me repetían. Y sí, puede que sea común, pero eso no significa que uno tenga que resignarse a vivir cansado todos los días. Dormir mal comenzó a pasarme factura. Me levantaba sin energía, con sueño durante el día y hasta de mal humor. Había noches en las que apenas conciliaba el sueño y ya tenía que volver a levantarme otra vez. Lo peor era el miedo a caerme caminando medio dormido en plena madrugada.
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