Diego era gerente de ventas en una empresa tecnológica llamada TecnoGlobal. No era rico, pero tenía ambiciones. Se mostraba trabajador, atento y seguro de sí mismo.
Después de seis meses de relación, le pidió matrimonio en la sala del pequeño departamento donde ella fingía vivir con dificultad. Le entregó un anillo sencillo y le confesó que había ahorrado varios meses para comprarlo.
Valeria aceptó.
Pero antes de casarse, quería hacer una última prueba: conocer a sus padres y a su mejor amigo.
Diego organizó una cena en un restaurante elegante. Para Valeria, esa noche sería decisiva.
Eligió un vestido gris, simple y sin marca visible. Se recogió el cabello en un moño sencillo, usó zapatos antiguos y no llevó joyas, salvo el anillo de compromiso.
Quería entrar como la mujer que Diego creía conocer: humilde, discreta y sin dinero.
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