El jueves por la tarde, Martín llegó solo a la finca.
Sin esposa.
Sin familiares.
Sin arrogancia.
Elena lo esperaba sentada en la galería mientras el sol comenzaba a ocultarse.
Por primera vez en mucho tiempo, su hijo parecía incómodo.
—Hola, mamá.
—Hola, Martín. Siéntate.
Entraron a la cocina y tomaron café juntos.
La conversación fue larga.
Dolorosa.
Pero necesaria.
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